
¿La que volvió… es la misma?
Algunas palabras para El
faro, quirófano al Noreste.
Astrid Fugellie Gezan, poeta
perteneciente a una generación que creció y se desarrolló en un país totalmente
distinto, protagonista de la diáspora y testigo del violento quiebre de nuestra
democracia, es la autora de este poemario El
Faro, quirófano al Noreste, libro editado por Cuarto Propio y que inicia con un excelente prólogo de Christian
Formoso.
Ricardo Blume escribió que en
un contexto en el que la vida se ve amenazada, “la conciencia de la precariedad
humana exige la presencia de otra realidad”; y tal vez por ello, Astrid ha pasado
durante su poética, entre otros muchos temas, por la identificación personal
con algunas de nuestras etnias, por ejemplo, simbolizando a través de sus
versos el abandono, la soledad o el despojo. Ahora, con este Faro con el que hoy alumbra a la poesía
chilena, ella aborda en sí misma la orfandad y el desamparo a través de un
cuerpo inerte que está desertando de la vida.
No es azaroso que comience su
poemario con dos citas que conmueven. Una, de Conrad, en la que se pregunta si aquel
que volvió a vivir es el mismo que fue… advirtiendo que su grito, o más bien,
sus gritos en ese retornar, eran el respiro del regreso…
El otro epígrafe es de T.S.
Eliot, y nos acerca aún más a lo que se viene en las páginas posteriores, pues
la imagen que el poeta compara es, precisamente, la de un ocaso con un
quirófano en una partida, una ruta entre calles medio desiertas…
Precisamente. El libro de Astrid
se encuentra atravesado por la voz de la consciencia de una mujer -ella- que
comienza un viaje irremediable e intransferible sobre una camilla a través de una
línea o sobre un borde confuso e inestable acercándose a una frontera
desconocida cuyo límite está develándose.
Estos hechos tan dolorosos la
llevan a resolver el desarrollo del poemario concretizadando una revalorización
del ser, del yo conflictuado fuertemente, casi hasta el punto del quiebre.
En el desarrollo de este libro
hay tres fechas relevantes para la autora: invierno de 2008, primavera del 73 y
verano del 50; de manera que en este ir y venir entre la vida y la muerte en ese
peregrinaje íntimo y personal, la paciente-hablante nos lleva a lomo de sus
magistrales versos entre estas cronologías. Es así, entonces, que el libro
comienza ubicándonos en un espacio tiempo y en un periplo radical. Cito:
invierno
del dos mil ocho dice: rauda
es la
camilla
soplado
su esqueleto cruza
pasa
corredores salta los recintos
la
camilla cruza sí cede
En este poema la autora nos
pone en contexto de fecha (2008) y de lugar (que está insinuado); y, les
imprime, además, una urgencia: rauda,
soplado su esqueleto cruza, pasa, salta…
En estos cinco versos del
primer poema, Astrid nos devela el corpus, la columna que sostiene el libro, a
través de la cual, su voz nos va permitiendo acompañarla en sus recuerdos y emociones
en ese estado límite, por la franja que divide aquello que es desconocido, con
este lado donde la realidad –la suya-, la espera.
Es un viaje donde el consciente
se mantiene alerta aunque sus ojos estén cerrados, su boca no hable o su cuerpo
permanezca inerte, porque el juicio existe, percibe, siente. Sabe, por ejemplo,
en qué minuto la manivela actúa; artefacto que se transforma a lo largo del
libro en un símbolo de conexión entre una realidad y la otra.
los
ecos retumban
manivela des
valida
la vida
lloriquea
La autora reemplazó la
modernidad del botón (que ya existía para el 2008) por la antigua manija que al
hacerla girar al lado de los catres y camillas, cumplía con la función de levantar
o recostar a los pacientes dependiendo de sus necesidades médicas. La manivela
es, sin duda, protagonista del poemario, y es a través de ella que Astrid nos
despierta y nos dice, estén atentos que estoy dejando de respirar. Necesito
oxígeno, estoy cayendo al abismo…
lanceta
cayendo su
corte
es punzante: -¡de
cuajo al latido!- dice
manivela el abismo
El libro posee, como la autora
nos tiene acostumbrados, un lenguaje depurado, trabajado con mucho cuidado, con
amor. Cada poema contiene un conjunto de palabras que están ahí porque tienen
que estar. Nada es al azar, ningún corte, ningún signo está fuera de su lugar. Es
un claro ejemplo de aquello que nos hablara Pound en su ensayo “El arte de la
poesía”; en el que señala, o más bien aconseja, no enturbiar la percepción de
un sentido intentando expresarlo en términos de otro. Hay que buscar la palabra
exacta, dice; “la palabra justa”… y ella, Astrid, la posee.
Sin lugar a dudas, Astrid
Fugellie es una de las voces más trascendentes de la poesía chilena, poseedora
de una mirada amplia y variadas voces poéticas; es original, y por qué no
decirlo, vanguardista. Ella se atreve, inventa, juega con las palabras y las
palabras trascienden. Su pensamiento y sentimientos están contenidos de forma
armoniosa en cada trenza que teje y que convierte en un poema único.
Ella nos va revelando de manera
paulatina su divagar por un hades que tal vez es otro plano u otra realidad,
fundiéndose suave con aquello que está sucediendo en la sala de operaciones.
En la página 59 nos regala un
poema tremendo que nos cambia el escenario y nos devuelve a 1973. Un texto
fuerte y agudo que nos incorpora como actores del Golpe:
primavera de
setenta y tres dice:
la
queda es el toque de la queda
son las
luminarias apagándose
son los
hombres des
apareciendo es la muerte cabalgando
son los
ojos muriendo los ojos: -y el
malaventurado zarpazo, golpe,
y ¡golpe!
Todos
sufrimos todos sufrimos TODOS
Entonces
La otra fecha, verano del 50,
es época de nacimiento para Astrid “…faro imaginario, dimensión de la mar
oscura/manivela ay: -¡qué vida más muerte!”, dice. En estas páginas
entramos en ese alumbramiento doloroso en el que ella se transforma en el
milagro de la vida, en la diosa que será luego la misma mujer que verifica si
sus huesos y sus órganos están aún con ella cuando despierta en el quirófano.
Este tránsito de Astrid en la
sala de urgencia me recordó en algo a Borges y sus recurrentes tópicos
literarios, como el viaje, la búsqueda y el regreso, el reverso y el anverso…
temas que siempre apuntan a un conflicto vital profundo, que es lo que
precisamente tenemos en este libro. La autora está transmitiendo una de las
experiencias más intensas que un ser humano puede pasar; y estoy cierta de que transformarla
en poesía debió ser para ella como volver a vivir lo que tanto dolió; de manera
que los años que tomó en escribir este libro extraordinario, son los que tenía
que demorar en masticar, en tragar, respirar y sanar, porque -y con esto no
descubro la pólvora- escribir para un poeta es “vivir” cada imagen y cada
palabra; es como sentirlas desde la panza. De manera que, dicho esto, considero
a Astrid Fugellie no sólo una poeta intensa y magnífica; sino que, además, una
mujer doblemente valiente: sobrevivió dos veces a una misma muerte.
¡Manivela!

No hay comentarios:
Publicar un comentario